








LXX.-LOS TOROS
Los
niños fueron a pedirle al autor que les dejase a Platero para ir
a pedir la llave de los toros de esa tarde, pero le dijo que no.
Todo el pueblo estaba como loco por la corrida de esa tarde. La
banda tocaba. Preparan el coche amarillo al que llaman el
canario. El que tanto gusta a los niños. Pero Platero y el autor
se van por la puerta falsa al campo que ahora está muy bonito
porque no hay nadie en él, en estos días de fiesta.
LXXI.-TORMENTA
Hay miedo en el pueblo. Un silencio que solo se rompe por los truenos. El coche de las seis se ve por la esquina diluviando. El cochero va cantando para espantar el miedo. No se puede escapar de la tormenta. Y el autor se pregunta que será de Platero solo en su establo.
LXXII.-VENDIMIA
Ese año vinieron muy pocos burros a la uva. Que fue de aquellos años en que había que esperar hasta que desocupaban los lagares. En aquel tiempo si que eran alegres las bodegas, con los bodegueros sirviendo el mosto o sangre de toro espumeante. Veinte lagares se ocupaban día y noche. Este año en cambio están todas las ventanas tabicadas y sólo está el corral y dos o tres lagareros. Después el autor coge a Platero y va a la viña vecina a por uvas, para que los demás burros no le cojan manía a Platero por bago. Y lo lleva lentamente a través de la vendimia.
LXIII.-NOCTURNO
El pueblo en fiesta iluminado por la noche. El campo, solo con sus árboles y las sombras de ellos. El canto roto de un grillo, un rebuzno de Platero, un rebuzno de otro asno hacia Montemayor, otro más allá, luego por Vallejuelo ladra un perro. Las flores del jardín del autor se ven como si fuera de día por la claridad que hay. Un hombre solitario camina por el pueblo. Y el autor escucha su humilde corazón sin par.
LXIV.-SARITO
Para la vendimia el autor se encontraba en la viña del arroyo y las mujeres le dijeron que un negrito le buscaba. Era Sarito el criado de Rosalina, su novia portorriqueña. Se había escapado de Sevilla para torear por los pueblos con su capote al hombro y sin dinero. Los hombres lo miraban con un mal disimulado deprecio y las mujeres, por miedo a los hombres también. Pero el autor le miraba sonriente y Sarito acariciaba a Platero alegre.
LXXV.-ULTIMA SIESTA
Que triste belleza, la luz del sol cuando uno se levanta bajo la higuera. Una brisa le acaricia el despertar.
Platero que le había robado una sandia le miraba de pie inmóvil. Mientras, al autor se le volvían a cansar los párpados y se dormía.
LXXVI.-LOS FUEGOS
Para septiembre, en las noches de velada, se ponían en el cabezo que había detrás de la casa del huerto; para ver, el pueblo en fiesta.
El viejo guarda de viñas, borracho en el suelo de la era.
Los fuegos, al principio silenciosos, fueron seguidos por unos cohetes que, cada vez que estallaba uno Platero se estremecía. Y para rematarlo tiran un cohete que hace que las mujeres se estremezcan y que Platero huya como alma que lleva el diablo.
LXXVII.-EL VERGEL
Como el autor fue a la capital quiso que Platero viese El Vergel.
Mientras caminan, pasa el cochecillo, chillón y tintineador, con su banderitas moradas y su toldillo verde; pasa, también, la niña de los globos.
Y cuando por fin llegan a El Vergel y se disponen a entrar, el guarda le explica que Platero no podía entrar por ser burro. Y el autor enfadado, sin entrar él tampoco, se marcha con Platero.
LXXIII.-LALUNA
Platero se había bebido dos cubos de agua y volvía a la cuadra mientras el autor le esperaba en la puerta.
Y estando la luna sobre una colina, sola y sin estrellas. Platero se detiene y se queda mirándola fijamente.
LXXIX.-ALEGRÍA
Describe los juegos de Platero con Diana, una perra ágil y elegante que salta a su alrededor, y a la que Platero simula embestir.
La cabra también anda a su alrededor empujándole y estorbándole.
Con los niños Platero se deja hacer, haciéndose el tonto, simulando asustarlos a veces.
Por la tarde, en el silencio del crepúsculo se oyen los rebuznos, ladridos, las campanillas y el griterío de los niños.
LXXX.-PASAN LOS PATOS
Cuando Platero va a beber, en el silencio de la noche, se escucha el pasar de los patos y como todos, de vez en cuando, levanta la cabeza a las estrellas para ver su procesión interminable.
LXXXI.-
Platero también tiene sus preferencia: la niña chica. Se descomponía en mil carantoñas cuando la veía acercarse.
Ella lo adoraba y cuando se fue su vocecilla se apago nombrándolo.
La tristeza, como una nube, cayó sobre todos aquella tarde.
LXXXII.-EL PASTOR
En la hora en que las sombras lo parecen todo, el pastorcillo vuelve con el rebaño y se queda mirando a Platero como cada tarde susurrando… ¡Si juera mío…
Me da pena, con su aspecto, tan … sin nada y me dan ganas de regalarle a Platero.
Pero … ¿Qué sería yo sin tí?

