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LIV.-LA COZ

El autor y Platero van al campo de Montemayor. Por el camino ven al tonto y el autor le pide que se vaya con ellos montado en Platero porque pe ponía loco. Entonces un potro le dio una coz y nadie hizo caso pero el autor, vio que Platero estaba sangrando y lo curo. Después le dijo al tonto que se lo llevara a casa y se fueron triste. Y cuando llegaron a casa el autor le dijo a Platero, que si se había dado cuenta ya, de que no podía ir a ningún lado con los hombres.

LV.-ASNOGRAFÍA

Cuando el autor buscó la palabra asnografía en el diccionario ponía: ”se dice, irónicamente por descripción del asno”. Y el autor piensa que más que un insulto para el hombre era un piropo y que era al revés un insulto para los burros.

LVI.-CORPUS

Cuando iban entrando el autor y Platero por la calle de la fuente, de vuelta del huerto; volvieron a oír las campanas que ya habían oído desde el arroyo. Las campanas daban otro aire a la calle recién encalada y ribeteada de almagra con sus chopos y juncias. Ese día era especial y había cohetes y música, que ayudaban a las campanas a dar otro aire. Por las ultimas casas aparecen la cruz de los espejos. Pasa la procesión con las banderas de los patrones de los panaderos, de los marineros, de los labradores y demás santos. Después aparecen Santa Ana, San José y la Inmaculada. La tarde cae con el latín andaluz de los salmos. Platero cuando todos estaban callados y había silencio rebuzna y parece parte de la procesión.

LVII.-EL PASEO

Por los hondos caminos del estío van, Platero y el autor. El autor canta, o lee, o dice versos al cielo; y Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, mientras caminan. Platero mas que andar descansa pero él lo deja. El cielo azul cambia cuando hacia los montes dos humaredas de un incendio hinchan dos redondas nubes negras. Pero su paseo es bien corto. Es como un día suave e indefenso en medio de una vida múltiple. Y ni siguiera la tragedia de las llamas les detiene. Cuando llegan a la alberca beben nieve líquida y siguen.

LVIII.-LOS GALLOS

El autor no sabía a que se podía comparar ese malestar. Olía a vino nuevo, a chorizo en regüeldo, a tabaco, … Había gente conocida como el diputado, el alcalde y ese torero gordo y lustroso de Huelva “El Litri”. Hacía calor en aquello tan cerrado, un mundo de gallos. Los pobres gallos ingleses se despedazaban. El autor se preguntaba por que estaba allí, sin encontrar respuesta. Pero por lo menos el autor se alegraba un poco cuando veía un naranjo que había allí.

LVIX.-ANOCHECER

Cuando llega el anochecer todo cambia. Es como si retuviese a todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Las viudas piensan en sus muertos, los niños corren, … Las farolas de petróleo empiezan a iluminarse. Pasan varios hombres que, aunque son distintos parecen iguales ante la luz del anochecer. Los chiquillos se alejan. Y en las puertas sin luz se habla de unos hombres que sacan el unto a los niños para curar a la hija del rey, que está hética.

LX.-EL SELLO

El autor le cuenta a Platero como es un sello que ha visto. Y lo que sintió cuando se lo pusieron en la palma. Decía que el sello era de un amigo suyo del colegio y que él deseaba uno con su nombre. Un día llegó a la casa del autor, un hombre de Sevilla, que era viajante de escritorio, y entre otras muchas cosas tenia sellos, muchísimos sellos de todas las maneras. Y el autor con un duro que se encontró en la calle le encargo uno con su nombre y pueblo. Aquella semana fue larga y cuando llegaba el cartero el autor se acercaba a ver  que traía. Y ya una noche se lo entregaron. Sello todo lo que pudo. Siempre con miedo a estropearlo. Conque alegría llevó el autor todas sus cosas selladas al colegio.

LXI.-LA PERRA PARIDA

El autor le explicaba a Platero cual era la perra que había parido, descriviéndola. Le dijo que había parido cuatro perritos, y que la lechera se los había llevado porque se le estaba muriendo un niño y el médico le había dicho que le diera caldo de perritos. Le explico que la perra había estado como loca todo ese día porque se habían llevado a sus cachorros. Cuatro noches fue y volvió la perra de la calle de En medio a la pasada de las Tablas llevándose con la boca cada noche uno de los cachorros. Y cuando el amo la vio estaba con todo los perros agarrados.

LXII.-ELLA Y NOSOTROS

El autor le decía a Platero que ella se iba en un tren negro y soleado que, por la vía alta, se marchaba hacia el norte. Y que ellos habían estado abajo, en el trigo amarillo y ondeante, cuando pasó. Vieron brevemente una cabeza rubia, velada de negro. Era el retrato de la ilusión en el marco fugaz de la ventanilla. Y pensó el autor, que a lo mejor ella se preguntó quienes eran aquel hombre enlutado y ese burrito de plata.

LXIII.-GORRIONES

La mañana de Santiago todos se habían ido a misa solo quedaban en el corral Platero, el autor y los gorriones. El autor le contaba a Platero la cantidad de cosas que hacían los gorriones. Benditos pájaros in fiesta fija. Totalmente libres. Le decía que iban de un lugar a otro sin nada. Que cuando la gente se marchaba a misa y cierra sus puertas, los gorriones entran en los corrales de las casas cerradas.

LXIV.-FRASCO VELEZ

El autor le dijo a Platero que ese día no podían salir porque había algunos perros con la rabia, y que el alcalde había puesto un cartel. Ya el día de antes por la noche había oído tiros de la Guardia Municipal. Una mujer va diciendo que eso es mentira y que es un invento del alcalde, pero el autor por si acaso no quería salir.

LXV.-EL VERANO

Cuenta, el autor, como después de un sueño instantáneo, el paisaje de arena se torna blanco, frío en su ardor. Están los jarales bajos constelados de sus grandes flores vagas, rosas de humo, de grasa. Y un pájaro nunca visto, amarillo, con lunares negros, se eterniza, mudo, en una rama. Los guardas de los huertos, suenan el latón, para asustar a los rabúes. Cuando llegan a la sombra del nogal grande, el autor raja dos sandias, que abren su escarcha grana y roa en un largo crujido fresco. El autor se come su mitad y Platero se come la suya como si estuviese bebiendo agua.

LXVI.-FUEGO EN LOS MONTES

La campana suena cuatro veces queriendo decir que hay fuego. Dejan la cena angustiados por el fuego. Suben la escalerilla en alborotado silencio. El fuego era grande. En el horizonte de pinos, la llama se veía quieta en su recortada limpieza. Era como un esmalte negro, en las noches de agosto son altas y paradas y se diría que el fuego estaba ya en ellas. Una estrella fugaz corre medio cielo y se sume en el azul: El autor oye un rebuzno de Platero abajo en el corral. Todos habían bajado ya de la azotea. Y el autor siente como si hubiera pasado junto a él aquel hombre que creía, en su niñez que quemaba los montes.

LXVII.-EL ARROYO

Le explica, el autor, a Platero que, por el arroyo que iban, era el mismo arroyo que parte el camino de San Antonio por el bosque de Alamos cantores; que si tiras en invierno un bar de corcho en los álamos, iba hasta los granados por debajo del puente de las Angustias, refugio suyo, cuando pasaban los toros. Que bonito es imaginar de niño. Y de repente se pregunto si Platero tenía imaginación.

LXVIII.-DOMINGO

La pregonera vocinglería de la esquila de vuelta distante, resuena en el cielo de la mañana de fiesta como si todo el azul fuera de cristal. Todos se han ido a ver la procesión. Se han quedado solos Platero y el autor. ¡Que paz! ¡Que pureza! ¡Que bienestar! Deja a Platero en el prado alto y se echa bajo un pino lleno de pájaros. En el silencio, el hervidero interno de la mañana de septiembre cobra presencia y sonido. Es la soledad como un gran pensamiento de luz. De vez en cuando el autor y Platero dejan de leer uno y de comer el otro y se mirán.

LXIX.-EL CANTO DEL GRILLO

El autor y Platero conocen bien de sus correrías nocturnas el canto del grillo. El primer canto de grillo, en el crepúsculo, es vacilante, bajo y áspero. Muda de todo, aprende de si mismo y, poco a poco, va subiendo, poniéndose en su sitio. El canto del grillo se exalta llena todo el campo es cual la voz de la sombra. Los habares mandan al pueblos mensajes de fragancia tierna. Y los trigos ondean verdes de luna, suspirando al viento de las dos, de las tres, de las cuatro, … El canto del grillos de tanto sonar se pierde.

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