Primaria 5º  6º





 

trata de un niño tonto que siempre estaba sentado en su silla delante de su casa viendo como pasaban las personas. Nunca daba nada, todo era para su madre. Un día cuando pasó el autor ya no estaba el niño tonto sino un pájaro y entonces supo que había muerto y había subido al cielo, y allí estaría sentado en su silla.

Era una niña que se llamaba Anilla la Manteca a la que le gustaba disfrazarse de fantasma, y una noche se vistió para asustar a unos niños pero empezó una tormenta y se metieron en casa. Hubo un ruido seco y entonces todos se quedaron ciegos. Cuando volvieron a la realidad estaban en otro sitio y bajaron donde estaba Platero. Y allí estaba la pobre de Anilla muerta a causa de un rayo.

El autor le va contando a Platero todo lo que ve, las hierbas, las flores, etc. Entonces Platero se pone a beber en un charco que había. Luego todo cambia. Como si cada momento que pasaba fuera a descubrir un paisaje abandonado. La tarde fue inacabable, tranquila. Llamó a Platero y se fueron.

Cuenta el autor que estaba jugando con Platero y entonces vio llegar a una mujer gritando que si estaba ahí el médico francés y un poco más atrás venía la gente con un cazador cogido. El médico lo bajo y le miro la herida que tenía en el brazo, pero el médico decía que no era nada. Y un loro repetía todo lo que decía mientras el cazador gritaba de dolor.

Platero como no había subido nunca a la azotea no podía saber lo que allí se sentía. La azotea es maravillosa. Desde allí se pueden ver y sentir un montón de cosas. Parece rara la vida de debajo de la azotea cuando estás allí.

Venían cargados de flores de los montes. Caía la tarde. Parecía que el oro se convertía en plata. Los lirios parecían con otra frescura. Y sin darse cuenta había dejado a Platero atrás.

Siempre que iba el autor a la bodega del Diezmo, él se iba a contemplar la verja para ver si podía ver algo de dentro. Que fantástico espectáculo el de la verja. En sus sueños, el autor, se imagino que aquello era maravilloso. Así que acudía muchas veces para ver si alguna vez la abrían.

Platero iba ungido y hablaba como con miel. Vio a don José en su huerta gritando palabrotas a los muchachos que le robaban las naranjas. Como de él no se habla peor de nadie.

Pero luego está don José el cura que cuando entra en el pueblo montado en su burra, se parece a Jesús cuando iba a la muerte.

Por la culpa de los niños no podía dormir, el autor, pero cuando se asoma a la ventana se da cuenta de que no son los niños, sino los pájaros. Cuando sale a la huerta da gracias a Dios por los pájaros. El campo se abría en estallidos como si estuvieran dentro de un gran panal de luz  en el interior de una inmensa y cálida rosa encendida.

El aljibe estaba lleno de las ultimas lluvias, no tenía eco, ni se veía el fondo como cuando está bajo. Le dice el autor a Platero que él (Platero) no había bajado nunca al aljibe, pero que él sí. Anteriormente cuando el aljibe estaba seco él bajó. Tenía una galería larga y un cuarto pequeño donde hacía frío. Cuando era niño no podía dormir cuando llovía por la intriga de ver como estaría el aljibe después de llover. Así que iba a la mañana siguiente como loco a ver hasta donde se había llenado.

A veces iba el perro flaco y anhelante, a la casa del huerto siempre temía los gritos y los apedreamientos. Un día llego detrás de Diana y un guarda que lo vio se asusto por la muchacha, así que disparó al perro matándolo. Platero lo miraba fijamente mientras el guarda se arrepentía. Abatidos por el viento los eucaliptos parecía que lloraban y la siesta se tendía sobre el perro muerto.

Le dijo, el autor, a Platero que mientras que él se para, para ver el remanso se fuera al prado. El sol lo alumbraba pasando su agua espesa. Todo parecía pequeño pero a su vez inmenso porque parecía distante. Ese remanso era su corazón antes. Hasta que el amor humano rompió su dique y corrió la sangre corrompida.

Los niños fueron con Platero al arroyo lo han cargado de flores y lo han traído y sobre la empapada lana de Platero estaban las flores amarillas. En esa tarde de lluvia el rebuzno de Platero se hacía alegre. Empieza a comer flores y de vez en cuando mira al autor. Platero mira el campo en esa tarde equívoca de abril donde no para de llover.

Es un canario viejo que tenía el autor, y no lo quería dejar suelto por si se moría. Pero un día se escapo, y los niños estuvieron toda la mañana buscándolo. A la tarde estuvo revoloteando por el jardín y después se metió en su jaula. Y todos se pusieron muy contentos.

Vino trotando un burro viejo asustado por alguna razón. El burro era viejo, estaba en los huesos y rebuznaba ferozmente de forma que Platero se asustaba. Era negro y grande. De fondo se oía el ruido de los pescadores vendiendo en el mercado. Platero seguía temblando y el autor dijo que no parecía un burro.

Al muchacho le llamaba la atención un pájaro que revoleteaba por el prado y vio entonces una trampa que habían puesto lo muchachos. Se estaba dando cuenta de que los pájaros iban a caer. Así que se monto en Platero y obligándole a subir al pinar ahuyentó a los pájaros a otro lugar de forma que no cayeran en la trampa y Platero se lo agradeció dándole golpes en el pecho con el hocico.

Estaban tirados en la acera en todo su largor igual que los perros cansados. La niña pinta en la pared, el niño se orina y el hombre y el mono se rascan. De vez en cuando el hombre se levanta y se va a la calle o la niña canta, etc.

El claro viento del mar sube por la cuesta roja. Platero contento, ágil y dispuesto como si no llevara a nadie encima subía. Ibamos en cuesta arriba como si fuéramos en cuesta abajo. Platero yergue las orejas y en la otra colina está su amada y se oyen rebuznos entre ambas colinas. Pasa frente a ella con cara triste y Platero trata indócil y a veces mira para atrás entristecido.

Platero había estado bebiendo en la fuente y se la habría trabado una sanguijuela y esta echando sangre por la boca. Pidió ayuda a Repaso y entre los dos intentaron sacarle la sanguijuela atravesándole un palo entre los guijarros pero Platero no quiere. Allá dentro se la veía, y con dos sarmientos se la quitó. Después de quitársela a Platero la corto sobre el arroyo para que no hiciera daño a más burros.

Le dice el autor a Platero que se aparte para que pasen estas tres viejas. Una de ellas era ciega y las otras dos la guiaban. Iban diciendo palabras lamentables. Eran gitanas, se notaba por la forma de vestir, con trajes pintorescos y de luto. Iban al médico, con mucha confianza enfrentándose al calor primaveral.

En el arroyo grande se habían encontrado una carretilla y al lado a una niña llorando porque no podía empujarla para que saliera del barro, y como el burro que tenía era muy joven y débil, le engancho el autor a Platero y consiguieron sacarla. La subieron también la cuesta y la niña se lo agradeció. Le dio dos naranjas la muchacha y el autor le dio una al burro joven y otra a Platero.

Le dice a Platero que el alma de Moguer es como el pan y no el vino. Al mediodía todo el pueblo huele a pan calentito y la gente se lo como con el gazpacho, con el aceite, etc. Llegan los panaderos montados en sus caballos a repartir el pan y los niños pobres empiezan a pedirles un poquito de pan.

Le cuenta a Platero que está muy guapo y que relucía mucho. Platero se acercaba al autor avergonzado pero tan limpio como la más joven de las Gracias. Cuando se acerca al autor le acaricia y sale a correr como su perrillo fuguelón. Entonces sale otra vez a correr y hace como si comiera y la aglae se ríe y no se le ve mucho por el sol.

 

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